S. MARCOS

"SI ALGUNO QUIERE SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO Y EL SERVIDOR DE TODOS"..... "CUANTO QUISIÉRAIS QUE OS HAGAN A VOSOTROS LOS HOMBRES HACÉDSELO VOSOTROS A ELLOS"

EL AMOR






El Amor tuvo un hijo y lo envío al mundo, a un tórrido desierto. El como buen hijo obediente fue, pero le preguntó a su Padre. ¿Por qué me envías a un inhóspito desierto cuando podrías mandarme a otros parajes mas hermosos? Un terso lago donde naden los cisnes majestuosos... un frondoso bosque donde los animalitos del campo tengan su morada... una soleada playa donde el mar, la brisa y los peces canten de alegría... unas imponentes montañas que hablan muy en alto la Gloria de la Creación... cálidas praderas en flor, llenas de las caritas sonrientes de los niños inocentes.

Pero El Padre sabiamente contestó: ¡solo ve... y toca todo lo que encuentres!

El Hijo fue... y empezó a caminar por en medio de tanta desolación. Su tierno y sensible corazón se estremecía. En su pesar recordó el mandato de tocar todo y valientemente avanzó, y se maravilló de ver cómo al tocar, todo se transformaba. Tocó una gredosa tierra... y se transformó en un límpido lago... tocó unos raquíticos chamizos, y se transformaron en un exuberante bosque... tocó el cuarteado lecho de un otrora riachuelo... y se transformó en  una extensa playa con espumante y cantarino mar... tocó unos resecos pedruscos, y se transformaron en altas montañas coronadas de cumbres nevadas... tocó una erosionada ladera,  y se transformó en deliciosa pradera en declive, donde los niños rientes jugaban con las abundantes flores.

Y todo lo que El Hijo tocaba se llenaba de vida y de alegría, por que el Amor lo llenaba todo y lo transformaba todo: La desolación en vida, la tristeza en risa.

Un hombre curioso de ver a quien tocaba todo,  le preguntó: ¿por qué tocas todo? El le respondió: ¡para transformarlo todo!.

¿Y quién eres tú para tocar todo?
El le respondió: ¡Yo Soy El Amor, y el Amor transforma todo lo que toca!.

¿Y de donde vienes?
El le respondió: ¡del Amor!
¿y hacia donde vas?
El le respondió: ¡hacia el Amor!
Porque ¡el Amor es la Vida... y la Vida es el Amor! Porque ¡Nada existe si no es por Amor! El Amor todo lo Crea, todo lo sostiene, todo lo transforma. Del Amor vinimos, y hacia El Amor inexorablemente vamos.

Y tú, lector amigo:
¿No crees en la transformadora fuerza del Amor? ¿En que podemos vencer la discordia y la violencia, el mutismo, el desdén, el aislamiento, si dejamos un poco más de lado nuestro amor propio, nuestra soberbia, y le damos un poco más de paso libre al Amor en nuestros corazones, en nuestro diario vivir? Recuerda que una respuesta amable frena al más airado contendor.

LA CRÍTICA






Sólo criticamos aquella conducta que no compartimos porque emocional o intelectualmente no la comprendemos. Pero, si no la comprendemos, ¿en base a qué la criticamos? Ésa es la razón de la sinrazón de la crítica. 

   Si apreciamos un defecto en otro es porque nosotros también lo tenemos. Y esa es precisamente la viga en nuestro ojo que nos hace ver la paja en el ajeno. Si nos quitamos nuestra viga, es decir, si corregimos nuestro defecto, dejaremos de verlo en los demás. 

Si quieres saber qué defectos tiene una persona fíjate en qué cosas critica en los demás. Esas, precisamente, son sus carencias. 

Nunca imaginarás el daño que causas al hablar mal de alguien. Si lo supieses temblarías, pues de ese mal, hasta su última partícula te haces responsable y un día u otro volverá a ti y tendrás que enfrentarlo y sufrirlo en tu propia carne.

¿Qué conclusión te sugiere el hecho de que tengamos dos ojos, dos oídos, dos manos y dos hemisferios cerebrales y sin embargo sólo tengamos una lengua? Que hemos que mirar, oír, hacer y pensar el doble de lo que hablamos. O, dicho de otro modo: Que es doblemente necesario ver, oír, hacer y pensar, que hablar. O, aún mejor: Que hemos de hablar la mitad de lo que miramos, hacemos y pensamos.
    
La crítica siempre es mucho más fácil y agradable que la autocrítica. Pero ésta es la verdaderamente importante. 

La única baza que pueden jugar los ignorantes es la crítica negativa. Los sabios, si critican, es para ofrecer alternativas mejores o soluciones. No hagas caso de los primeros. Sigue siempre a los últimos. 

Para escribir en serio, es decir, tras la necesaria maduración interior, hay que ser muy valiente. No ya por el riesgo de morir de hambre si se pretende vivir de ello, sino porque hay que estar dispuesto a recibir toda serie de insultos, desprecios, descalificaciones, olvidos, vacíos, etc., de parte de los que, no teniendo nada que decir, escriben para hacerse la ilusión o, lo que es peor, se permiten opinar sobre los que sí tienen algo que decir y se atreven a decirlo.

   Es fácil dictaminar cómo deberían ser los demás. Pero, ¿cómo deberías ser tú? Eso es lo importante.

¿QUIÉN NOS HACE SUFRIR?





            Muchas veces nos quejamos de que llevamos una vida estresada y de que los problemas y las preocupaciones no nos dejan vivir. Nos fijamos en todo lo que  es externo pero no en nuestras actitudes, nos fijamos en el comportamiento de quienes nos rodean pero no en cómo funcionamos por dentro y, como consecuencia, qué imagen damos ante los demás; y todo ocurre por no analizarnos un poco aunque sea superficialmente. Desde que nacemos vamos adquiriendo conocimiento a través de las experiencias y vamos formando hábitos físicos, morales y mentales, generalmente, más malos que buenos. Si meditáramos un poco sobre cómo somos internamente podríamos extraer algunas conclusiones como las siguientes:

1º.- La mayor parte del día no somos auto-conscientes de lo que sentimos ni de lo que pensamos, sino que actuamos y respondemos más bien por instinto, por costumbre y de forma automática.

2º.- La mente responde (como si fuera independiente) a los deseos, a las emociones y a lo que percibe por medio de los sentidos, como hábito y saltando de una cosa a otra sin control.

3º.- Los deseos y las emociones nos impulsan a hablar y a actuar, también la mayoría de las veces, sin que nos demos cuenta de que no razonamos lo que hacemos.

4º.- No nos damos cuenta de que por encima de dichos deseos y de dichas emociones dominantes  está la mente razonadora y que, por encima de la mente está la voluntad.

5º.- Si, por medio de la voluntad, controláramos la mente, la relajáramos y la utilizáramos para responder voluntaria y conscientemente, nuestra vida sería menos estresada, más libre y más feliz.

            Un simple problema burocrático oficial u otro cualquiera nos puede quitar el sueño y crearnos ansiedad; un mal pensamiento puede hacernos celosos e incluso ir más allá; una emoción no razonada nos puede causar ira o llevarnos a actuar violentamente, etc. etc. etc. ¿y todo por qué? pues porque no tenemos control sobre lo que somos internamente y porque nuestra mente (la loca de la casa) anda de  un sitio para otro sin centrarse en nada lo suficientemente como para hacernos ver que hay un problema pendiente que resolver. Generalmente, cuando se fija en algo que parece preocuparla, tampoco lo hace para solucionarlo sino para obsesionarse con que “hay algo pendiente que hacer”. Fijaros que estoy hablando de la mente como si fuera algo independiente que actúa por sí misma y lo hago así porque parece como si en nosotros hubiera dos personas. La persona que más representación tiene en nosotros es la que  responde de manera automática, instintiva y por costumbre; la que piensa continuamente y va de un tema a otro sin motivo y sin razón, o la que se deja dominar por los deseos y las emociones.

            Pongamos un ejemplo: Una persona que está viendo una película en la televisión y su mente está pensando en lo que tiene pendiente en el trabajo, o dónde va a ir el fin de semana y que, incluso, en un momento dado se ve dominado por emociones de lo que está viendo. Si esa persona se diera cuenta de que se está perdiendo, la trama de la película o que en un momento dado se ha emocionado o ha sentido odio o asco por lo que está viendo, podría exclamar: “No soy dueño de mí mismo porque mi mente anda pensando lo que la viene en gana y yo actúo como si lo que estoy viendo fuera parte de mi vida real”. Analizando esto podemos decir que hay una personalidad inconsciente y autómata y otra que, algunas veces, se da cuenta de eso y actúa voluntaria y conscientemente.

            En realidad ¿Qué somos? Somos el resultado de lo aprendido y experimentado, de la educación recibida, de lo percibido entre las personas con las que nos hemos juntado y lo de las atmósferas psíquicas donde nos hemos movido, de los hábitos que hemos creado, de los prejuicios y condicionamientos sociales y, por consiguiente, de la interpretación que hacemos de todo lo que vemos y lo que nos ocurre según lo que creemos ser. De todo eso depende el que yo me incline por hacer el bien o el mal o que me decida por lo correcto o por lo incorrecto pero, ¡claro! eso es así siempre y cuando yo no me identifique con mis deseos, con mis emociones ni con mi mente. Si yo voy a un centro comercial y veo algo que creo que me gusta y me lo compro para luego no usarlo es que he sido dominado por un deseo; si pruebo cierta comida y me gusta hasta el punto de comerla muy a menudo porque me atrae, estaré dominado por otro deseo; si mi mente es de las que se descontrolan cuando vamos conduciendo el coche y un día tenemos un incidente con otro y nos alteramos o discutimos, es porque no tenemos control sobre la mente y porque hemos permitido que se acostumbre a pensar indebidamente cuando conducimos, y así sucesivamente. El resultado de todo esto es que creemos ser esos deseos y esa mente y por eso actuamos impulsiva y automáticamente.

            ¿Cuántas veces discutimos con otros porque hemos dicho algo que no debíamos sin darnos cuenta? Muchas, y eso nos trae disgustos pero ¿Qué opinaríamos si los demás pudieran ver lo que pensamos? entonces nos daríamos cuenta de que la mente nos puede meter en problemas muchas veces. Y qué decir tiene que cuando las cosas no nos salen como queremos culpamos a los demás, o a nosotros mismos, o lo achacamos a la mala suerte. No nos damos cuenta de que el mundo cambia porque evoluciona, ni que nosotros no somos el mismo que ayer, ni el de hace un mes, ni mucho menos el de hace tres años. El problema está en que no somos auto-conscientes de nuestro comportamiento ni de nuestro funcionamiento interno. Lo que ayer veíamos bien hoy lo podemos ver mal, pero si buscamos su lado bueno haremos que lo que vemos mal casi seguro que se convierta en bien. Lo que nosotros decimos que es correcto o que es bueno o malo puede ser interpretado por otra persona en sentido contrario, y todo porque esa persona es el “resultado” de toda una serie de cosas  (como ya dije sobre nosotros) que le hacen totalmente diferente a nosotros, y si no ¿cómo interpretaríamos las cosas y cómo actuaríamos si tuviéramos siempre buena voluntad pero no tuviéramos memoria del pasado? ¡Qué diferentes seriamos! Cuando hacemos planes de futuro y la imaginación nos lleva a alcanzar el éxito aquí y allá pero al cabo de un tiempo nos damos cuenta de que no lo podemos conseguir, el resultado de todo eso es el sufrimiento, el malestar o incluso culpar a los demás. Y todo porque nos hemos dejado llevar por la imaginación que nos ha llevado a unas circunstancias inexistentes y no hemos sabido razonar voluntariamente a tiempo.

            Lo mismo que decimos que dos no discuten si uno de ellos no quiere, aquí también podemos decir que quien sufre y se estresa es porque no se auto-analiza, no es consciente de sus aspectos internos y no se esfuerza por ser él mismo (con voluntad y consciencia) en cada momento. Debemos hacernos conscientes y admitir que nuestra casa (la personalidad) es un caos, cuando debería estar ordenada y controlada para así ser más felices, más libres y mejores personas. De hecho, por naturaleza y estando en el grado evolutivo que estamos, deberíamos ser más conscientes de nosotros mismos para evitar cometer los errores que a diario cometemos en pensamiento, palabra y obra. Si nuestra naturaleza fuera lo que normalmente somos no podríamos evolucionar, evolucionamos más y para bien cuando nos auto-observamos en cada aquí y ahora para ver cómo piensa nuestra mente, qué sentimientos y deseos tenemos, cómo respondemos en pensamiento y de palabra ante cualquier circunstancia, etc. Lo mismo que nos creamos malos hábitos sin darnos cuenta por no ser conscientes de ello y por repetir una y otra vez esa acción, también podemos crearnos otros positivos repitiendo pensamientos, sentimientos y buenas obras, y  razonando voluntaria y conscientemente lo que hacemos.

            Para superar estos aspectos personales que nos dominan como si fueran poderosos yoes debemos observarnos, analizarnos, ver cómo nos dominan y cómo nos perjudican, admitir que eso no somos nosotros como voluntad y consciencia, y darnos cuenta de que podemos imponernos sobre esa personalidad porque el simple hecho de comprender que la personalidad con sus yoes dominantes no somos nosotros ya es un gran paso. Algunas personas van al psicólogo o acuden a otros que prometen curar toda clase de trastornos o enfermedades, pero eso no siempre es necesario ni siempre da buenos resultados, dependiendo de qué profesional se trate. Una persona se puede hacer un obseso sexual por pensar repetidamente en el acto sexual que le incita al deseo de consumarlo, y este deseo le hace pensar e imaginar más de lo mismo. Otros se hacen alcohólicos o drogadictos porque una vez que lo prueban se dejan llevar por el placer y el deseo de consumir más y no razonan ni son conscientes de lo que hacen; cuando a ratos se hacen conscientes es porque ya están enfermos y es más difícil su recuperación. Pero eso no es lo peor, lo peor es que esas personas dominadas por los deseos y por su mente mal pensante y sin control, llegan a violar en unos casos y a robar o a agredir en otros ¿y todo por qué? porque no solemos ser conscientes de nosotros mismos y porque no nos analizamos para ver cómo somos desde el punto de vista moral, intelectual, emocional ni espiritual.

            Un gran número de veces culpamos a los demás de nuestro sufrimiento o de nuestros problemas, les culpamos porque dejan de relacionarse con nosotros, porque no piensan como nosotros o no nos satisfacen, porque nos causan preocupaciones o porque nos han dicho alguna verdad a la cara, y así sufrimos una y otra vez, pero ¿Cuántas veces nos daríamos cuenta que la culpa es nuestra si nos analizáramos o nos observáramos? Seguro que muchas ¿Cuántas veces nos damos cuenta (y a veces no) de que el error es nuestro porque lo hemos interpretado mal o porque somos unos mal pensados? Luego entonces ¿por qué sufrimos la mayoría de las veces? pues porque nuestros sentimientos y nuestros pensamientos son malos y porque interpretamos los hechos a nuestra conveniencia buscando un culpable entre los demás. Sí, son muchas las veces que interpretamos mal una frase dicha por alguien sin ninguna mala intención y a partir de ahí comienza nuestra mente a dar vueltas al tema y piensa mil cosas como respuesta, y ninguna buena, y sufrimos y creamos emociones negativas, y éstas crean deseos contra la otra persona, y esos deseos vuelven a estimular a la mente para que siga pensando mal… Y mientras tanto, la otra persona sigue tan tranquila porque no sabe que sus palabras han sido mal interpretadas sin haber dicho nada grave ni con mala intención.

            Otras veces sufrimos y nos amargamos la vida porque nos han injuriado, insultado u ofendido mientras discutíamos con alguien (por ejemplo de futbol) o por cualquier cosa de las que nos surgen a diario. Es cierto, en este caso nos han podido ofender pero:

1º.- Las palabras no hacen daño físico.
2º.- Si lo hacen, moralmente, también es porque la persona las interpreta como tal sin querer ver que si no le da importancia no sufriría ni tampoco pierde nada.
3º.- Tomarse en serio una ofensa causa sufrimiento que, a su vez, crea malos sentimientos y pensamientos que, a veces, llevan al enfrentamiento.

¿No es mejor pasar del tema y dejar que el que ofende se pregunte: Por qué no me responde? Quizás eso le haga comprender su error y se arrepienta aunque no pida disculpas. ¿Por qué nos torturamos nosotros mismos? Pues porque no estamos recordándonos a nosotros mismos en cada ahora para darnos cuenta de cómo pensamos, sentimos, actuamos o hablamos. Y cuando digo recordarnos me refiero a estar plenamente atentos (ser voluntariamente conscientes) a lo que hace nuestra personalidad. Si esto no es comprensible para algún lector le pondré un ejemplo. A veces escuchamos una canción que nos gusta y a partir de ahí nuestra mente se puede pasar parte del día tarareándola hasta que nos damos cuanta y decimos “¡Que pesadez de canción!”. Es ese yo que se da cuenta de que su mente está cantando constantemente la misma canción quien debe estar atento, no solo a su mente sino a todo lo demás.

Tenemos muchos patrones mentales negativos guardados precisamente porque sentimos y pensamos mal, y esos patrones mentales también producen desconfianza y que nos pongamos a la defensiva contra los demás. Si alguien nos dice que somos muy inteligentes y nosotros creemos y estamos convencidos de que no es así, pensaremos que se está burlando irónicamente de nosotros y a continuación… A su vez, los patrones mentales nos harán llevar una vida determinada, juntarnos con personas afines e incluso hacer que finjamos ser lo que no somos ante los demás para no ser menos o para no ser diferentes a ellos. Y el resultado final de todo esto suele ser el mismo, pensar mal y sentir mal respecto a los demás y sufrir por ello. Cuando conocemos gente que incluso nos pueden favorecer de alguna manera y comprobamos que sus patrones mentales no coinciden con los nuestros, nos alejamos de ellos pensando que los nuestros son más correctos y, sin embargo, quizás perdamos oportunidades de progresar en algún sentido junto a ellos.

Y es que no queremos ver que muchas de las personas que conocemos tienen una serie de defectos o patrones que nos están indicando que tenemos que corregir los nuestros. ¿No sería conveniente entonces estar plenamente atentos y conscientes para que lo negativo no se convierta en patrones de conducta? Debemos tener siempre presente que si lo que llega al cerebro por los sentidos, lo pensamos, lo admitimos y lo creemos, somos culpables de los efectos que eso pueda tener. Algo parecido ocurre respecto a los demás porque, si decimos a alguien que es muy malo haciendo no sé qué cosa, es muy posible que lo piense, lo admita y se lo crea, o sea, es muy posible que sufra por nuestra culpa.

Por consiguiente y resumiendo, hagamos una meditación diaria o una retrospección cada noche para ver cómo hemos hablado o actuando en determinadas circunstancias que hayamos tenido, y analicemos qué sentimientos y qué pensamientos hemos expresado o emitido ante ciertas personas o hechos. Entonces nos daremos cuenta de que si hubiéramos sido plenamente conscientes en ese momento no nos hubiéramos expresado así. Entonces también nos podríamos dar cuenta de que ese yo no es el que queremos expresar y que ese yo nos hace sufrir, tener enemistades, y rencor, y amargura, etc. Por consiguiente, si ese yo no somos nosotros, ¿Por qué no estamos vigilantes todo el día para que no se exprese como lo hace? Pues porque hemos cedido a esos hábitos y porque al no querer darnos cuenta de ello, la voluntad se ha debilitado hasta el punto de no querer intervenir. ¿Qué hay que hacer? Intentar ser auto-conscientes de nosotros mismos para evitar no actuar como ese yo que nos hace sufrir y que tantos problemas nos causa.

                                                           Francisco Nieto